Tienes un e-mail

Nació en 1971 y creció a un ritmo vertiginoso hasta volverse, para muchos, imprescindible. Extendido con la aparición de los cíber, el correo electrónico cambió de forma irreversible la comunicación privada y pública. Testimonios de usuarios y opiniones de analistas

 

 

 

 

    Día por medio o una vez a la semana, Vilma Massad, de 70 años, cierra la puerta de su casona en la calle Alem, en Banfield, camina unos pocos pasos, entra en el locutorio, pide una máquina con Internet y se sienta frente al monitor. Hoy es uno de esos días. Vilma tipea tímida en la barra de navegación del Explorer: www.hotmail.com .
    "Cuando me olvido cómo se hace, me ayuda el encargado del local", dice y enseguida la sonrisa le estalla en su cara: ¡Hay correo! Previsible para ella, pero cargado de ansiedad. Lo remite su hijo mayor, Fredy, que le manda fotos de Martina, su nieta. Al tiempo que abre la página, la foto cae lenta y su emoción ya es demasiado obvia. "Esto (por el e-mail) me salvó. Vi todo el crecimiento de Martina en fotos, desde imágenes de la ecografía cuando estaba en la panza de mi nuera hasta las que le sacaron ayer jugando en la plaza. Para mí es un avance enorme", dice.
    Desde que su hijo se fue a vivir a Barcelona, y más aún desde que se enteró de que iba a ser abuela por primera vez, el cíber de la vuelta dejó de ser para Vilma un local más de la geografía de su barrio. Hoy es el refugio para su ceremonia de contacto directo con la familia que tiene a más de diez mil kilómetros. Una realidad que se multiplica por millones en todo el planeta, gracias a los cambios sustanciales que el e-mail introdujo en nuestras vidas.
    El correo electrónico vio la luz en el verano de 1971, cuando el ingeniero Ray Tomlinson envió por primera vez un mensaje en letras mayúsculas de su ordenador a otro. Así, sembró la semilla de lo que es hoy la herramienta de comunicación más utilizada en el mundo. "Las modificaciones estructurales que provocó el e-mail pueden definirse en tres unidades —sostiene el sociólogo Luis Alberto Quevedo, miembro del Consejo Académico de Flacso (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales)—: Tiempo, escritura y función social. Hace unos años, cuando la carta enviada por el correo tradicional tardaba unos días en llegar al destinatario, nadie se cargaba de ansiedad. En la actualidad, esperar una respuesta a un e-mail más de quince minutos puede provocar un ataque de nervios. Por otra parte, se agilizó la manera de escribir. En el e-mail, el mensaje es sintético, codificado. Son los jóvenes quienes utilizan este nuevo lenguaje, más cacofónico, cargado de nuevos términos. En lo social, acortó distancias, motivó la creación de vínculos. Lo esencial es estar conectado, fenómeno que se ejemplifica en el uso que le dan, sobre todo los adolescentes, a la conversación a través de los mensajeros en línea."
    De este modo, y con el avance abrumador de las nuevas tecnologías, son los menores quienes se familiarizan más rápido con las herramientas de los medios de comunicación interactivos. Surgió, casi sin premeditación, un nuevo modo de llamar a las cosas. En la escritura del e-mail resulta cada vez más difícil dar con términos como gracias, besos, saludos o de nada, entre otros. La velocidad de la escritura determina que esos términos se reemplacen por abreviaciones azarosas: gcs, bss, slds, dnd.
    Para Julián Gallo, profesor de la materia Nuevos Medios en la Universidad de San Andrés, la correcta gramática es insuficiente para la escritura frecuente entre íntimos. "Resulta impostada, exagerada, falsa —sostiene—. Un e-mail escrito con cierta corrección lleva a confundir con distancia o indiferencia. Entonces el texto se ve obligado a incorporar modos nuevos más eficaces, contundentes y unívocos. Son los adultos los que se resisten más a adoptar estas nuevas formas de escritura."
    Antonio Fidalgo tiene 68 años y siete como viudo. Desde que se quedó solo en su casa, después de que se casaron sus cinco hijos, encontró en Internet —y sobre todo en el e-mail— una buena elección para matar la soledad y generar un contacto más fluido con sus amistades. Fue así como la PC que le instaló uno de sus hijos pasó a formar parte indiscutida del mobiliario de su casa. Antonio no conoce lo que significan palabras tales como megas, software, broadband o laptop. Lo que sí sabe es que ese aparato gris que le genera desconfianza también lo conecta a un universo que, años atrás, creía desconocido. Y eso no es todo: reconoce que gracias al correo electrónico pudo abrirse paso a una nueva vida. "Me animé a lo que creía imposible", confiesa. Lo imposible para Antonio fue conocer a una nueva mujer. Un día, su nuera le avisa que Alicia Rodríguez, una señora separada y mamá de una amiga, quería conocerlo. "Pasame su e-mail", fue la respuesta casi inmediata de él. Esa misma noche, cruzaron mensajes en los que adjuntaron sus fotos para conocerse y se pasaron sus números de teléfono. Tres años después, siguen juntos.
 
    Decir (escribir) en breves líneas lo que implicaría un gran esfuerzo transmitir cara a cara. Sacudir la modorra de levantar el tubo para entrar en contacto con ese alguien al otro lado de la línea. Recibir y enviar saludos, imágenes, videos, música, tarjetas digitales. Enterarse de lo último en chistes feministas/machistas y de los otros. Estar al tanto de lo último que pasa en el mundo, segundo a segundo. Estas son apenas un pequeño puñado de las infinitas funcionalidades del invento del bueno de Tomlinson.
    A pesar de no haber un registro preciso sobre el tema, entre diciembre de 2003 y el mismo mes de 2004 el número de cuentas de e-mail creció más de un cuarenta por ciento, y en cifra similar el tráfico de mensajes. Según un estudio realizado en la Argentina por la consultora Prince & Cook, el 37% de la población de nuestro país es usuario de Internet desde hace más de cuatro años, y el 11% desde hace menos de uno. También, el 57% tiene menos de 25 años de edad y la franja de los que superan los 45 alcanza el 13,8 por ciento. La misma investigación sostiene que el 91,8% del universo relevado elige el e-mail como el servicio de la Red más frecuentado, y que el 95,4% tiene una casilla de webmail (dirección de e-mail que se obtiene a través de una página).
    Según el último relevamiento realizado por el Indec (junio 2005), los accesos residenciales a la Web en la Argentina crecieron el 19,3% en un año. En junio último, se supo que había 2.099.495 cuentas (contra los 203.274.683 que hay en los Estados Unidos), un 35,93% más que en diciembre de 2001, pleno auge de la burbuja digital. Lo llamativo es el incremento de cuentas de banda ancha, con un 97,5% más que el año pasado, y una baja de las de dial up (conexión telefónica) del 8,5 por ciento.
    "Por otra parte, se estima que la cantidad de usuarios de Internet en el país oscila entre ocho millones y ocho millones y medio", dice Enrique Carrier, director de la consultora Carrier y Asociados. Y agrega: "Tres de cada cuatro usuarios tienen una cuenta de e-mail, pero es difícil saber cuántas tiene cada uno, ya que son múltiples las posibilidades de obtener una debido al auge de los e-mails gratuitos."
    ¿Internet para todos? Desde que el correo electrónico irrumpió en el mundo se ramificó, en una primera instancia, entre las redes de las organizaciones laborales. Es decir, los primeros que experimentaron el fenómeno fueron las personas de un nivel socioeconómico alto. En la actualidad, la torta del mercado parece repartirse en otras proporciones. Según el informe de Prince & Cook, el 40% de los usuarios es de nivel socioeconómico alto; el 39,1%, medio, y el 21% pertenece al bajo. Con respecto al nivel de estudios alcanzado, la mayoría (35%) logró el secundario completo y sólo el 13,5, el universitario completo."El surgimiento de los locutorios permitió que muchas personas que no tienen una PC en su casa tuvieran acceso a su cuenta de e-mail gratuita. El cíber se transformó en una especie de teléfono público de los últimos años", concluye Gallo.
    Este no es un detalle menor: basta observar la cantidad de locales con Internet pública habilitados para dar cuenta del fenómeno de las comunicaciones virtuales masivas: en la Capital Federal se estima que funcionan 8000 negocios del rubro y 20.000 en todo el país.
    Quevedo va más allá: "Gracias a este boom, se produce el fenómeno de socialización de Internet", analiza. "Estos espacios funcionan como un punto de encuentro para muchos jóvenes. Allí juegan, chatean, intercambian mensajes, buscan amistades. Cosas que, en la soledad de una conexión hogareña, pierden fuerza. Gracias a esto, muchos chicos que frecuentan esos lugares y se familiarizan con herramientas de comunicación a las que no tienen acceso sus padres forman parte de este fenómeno tecnológico."
    Cierto es que —y no hacen falta demasiadas cifras para demostrarlo— el correo electrónico se convirtió en una amenaza concreta para la comunicación epistolar. Se presenta para sus usuarios como un medio más rápido, inmediato, seguro y amigable que su familiar, la carta enviada por correo. Datos de la Comisión Nacional de Comunicaciones revelan que de 1995 a 2004 la correspondencia decreció un 70%. Sin embargo, en las oficinas centrales del Correo Argentino son menos pesimistas: "En los últimos años se mantiene una media de clientes que envían cartas", revela Graciela Echeverría, gerente de Relaciones Institucionales de la empresa. "Muchas firmas mantienen su confianza en la correspondencia tradicional. Les resulta más segura, sienten que el mensaje que llega impreso se recibe mejor que el digital. Y es interesante observar cómo el auge de Internet, si bien puede perjudicar el volumen de cartas simples, ayuda a impulsar el negocio de las encomiendas. Las compras virtuales, en algún momento de la operación, deben ser entregadas a sus destinatarios. Y es ahí donde entramos nosotros." 

 

 

    El avance de la telefonía celular es otro de los pilares de las nuevas comunicaciones que encuentra en el e-mail un aliado esencial para su propio desarrollo. "En el siglo XIX se decía que el teléfono iba a desplazar a la escritura. Ahora, el teléfono parece amigarse con ella al incorporarla como parte constitutiva de su funcionamiento, con el uso de los SMS (mensajes de texto) o los correos en los celulares. "El crecimiento de Internet es tan intenso como el de los teléfonos", sostiene Quevedo.
    Vilma se escribe con su hijo que vive en Barcelona y se entera de los grandes avances de su nieta Martina. Antonio ya no se siente tan solo: dio el primer paso con la complicidad de la tecnología y hoy goza de buena compañía. Otros cientos, otros miles y otros miles de miles celebran, se pelean, se amigan, se informan, se divierten, se extrañan, se recuerdan, se saludan. Gracias al e-mail. Así de rápido, en un clic, en un abrir y cerrar de ojos.

Por Diego Japas

 

§       — No se debe escribir el cuerpo del e-mail con letras mayúsculas, pues en el diálogo de Internet quiere decir que uno está gritando. Hay gente que no consigue entender eso.

§       — Se debe terminar una conversación en silencio. O sea, sólo escribir de vuelta cuando es necesario añadir algo importante. Estamos todos con nuestros in-boxes atorados de e-mails por recibir mensajes vacíos o con gracias obvias.

§       — No hay que tenerle pánico al spam. Hay gente que se pone histérica y quiere cambiar de dirección de e-mail de inmediato. Hay que relajarse y no abrir los mensajes que no parecen familiares o interesantes. Hay mucha gente trabajando en fórmulas para resolver ese grave problema y las ventajas del correo electrónico son mucho mayores que esa pequeña molestia.

§       — No hacer clic en links sospechosos, en nada que tenga .exe y cosas por el estilo. Ante la duda, apretar la tecla delete (borrar).

§       — Siempre que una propuesta de negocio que se reciba por e-mail parezca muy buena para ser verdad, hay que tener la más absoluta seguridad de que sí, es muy buena para ser verdad: es una trampa.

 

* * * 

Cartas en tiempos de e-mail

Por Héctor M. Guyot

 

    Hoy el cartero sólo trae malas noticias: la factura de gas o el vencimiento de la tasa municipal. Lejos quedaron los días en los que un sobre blanco con estampilla al dorso encerraba las saudades del amigo que vive lejos o las señales de la novia en viaje.
    Ahora todo eso llega por e-mail. Y en dosis mínimas, como lo propicia este formato tan instantáneo como volátil. ¿Cómo descifrar, en el signo digital, si el amigo está tan bien como cuenta o si la novia regresará tan pronto como promete?
    Habrá que aprenderlo, porque escribir cartas es un hábito en vías de extinción. Según un informe de la Comisión Nacional de Comunicaciones sobre el mercado postal, sólo una de cada cinco cartas que se envían corresponde a las llamadas simples, que los entendidos identifican como aquellas de índole personal. En los últimos cinco años, este tipo de correspondencia se redujo casi a la tercera parte en lo que respecta al correo oficial. Sin embargo, quienes creen que comunicarse mejor no es lo mismo que comunicarse más rápido todavía persisten y encarnan una suerte de obstinada resistencia.

    Antonia Iurlina dejó la ex Yugoslavia y llegó a la Argentina en 1958. Desde entonces ha mantenido unida a su familia con las misivas que despacha a los puntos más distantes del globo, tal como lo han hecho tantos inmigrantes que bajaron de los barcos durante el siglo pasado. "Escribo cartas para estar con mis parientes. Porque cuando escribo me siento con ellos", dice.
    Si el e-mail es el correlato de la realidad cuasi virtual en la que vivimos, la carta, en cambio, supone la presencia física de un trazo, el perfume del papel en el que fue escrita, y propone una intimidad de la que carece la instantánea efectividad de los mensajes digitales.
   

Con hermanos y sobrinos en Francia, Australia, Estados Unidos, Italia, Eslovenia y Croacia, Antonia, de 89 años, ha enviado desde entonces un promedio de siete cartas mensuales, y a lo largo de 45 años ha recibido tantas en respuesta que el baúl donde las guarda clasificadas ya no alcanza para contenerlas.
    "Escribo en la cocina, durante horas. Me cargan: dicen que estoy redactando mi testamento. Pero yo quiero contarlo todo y la mano me corre sola", dice. Para aprovechar el papel —vía aérea fino, de block— escribe incluso en los márgenes, en sentido vertical.
    Antonia tiene algo que hoy escasea: tiempo. O, mejor, la conciencia de que puede disponer del que le ha sido concedido. Escribir cartas supone un ritual no apto para estos días de vértigo, donde faltan remansos para sentarse a llenar una página en blanco y ejecutar ese acto de fe que es echarla en el buzón.
    Las cartas que Antonia dispersó por el mundo en casi medio siglo trazan un inmenso fresco de las tristezas y alegrías de la vida doméstica: nacimientos, bautismos, cumpleaños, graduaciones, noviazgos, casamientos, muertes.
    Ella escribe para la memoria. Porque las cartas han sido desde siempre preciosas fuentes para los historiadores y biógrafos, que abrevan en ellas para reconstruir las costumbres de una época o la vida de personajes célebres. Proust, Kafka o García Lorca han dejado en cartas sus vivencias y sus pensamientos más íntimos. Los e-mails, efímeros por definición, no se conservan.
    Antonia legó su pasión a una de sus nietas, Julia, a fuerza de hacerle escribir desde chica frases mínimas ("tía, te quiero mucho") en las cartas que ella remitía a sus parientes lejanos. "Me contagió el hábito –dice Julia, de 28 años, licenciada en comunicación–. En mi caso, el e-mail sólo sustituyó al teléfono. A mis amigos les escribo."
    Desde Beccar, Julia le escribe cartas a Rosa, que vive en Don Torcuato. Y su amiga responde del mismo modo. Adoptaron la costumbre hace años, cuando vivían a tres cuadras de distancia. "Me quedaba más lejos el correo que su casa", comenta Julia, que ha llegado a mandarle cartas a su marido, con quien —vale aclararlo— comparte el mismo techo. "A veces le escribo mientras él estudia al lado mío —cuenta—. Para algún aniversario, para decirle algo importante o para sorprenderlo. Yo sé que la carta le llegará en tres días."
    A diferencia del e-mail, las cartas encierran la inminencia de una revelación. Deben vencer una distancia real para llegar a destino —en la alforja de un emisario, en carreta, en barco, en avión—, y llevan implícita una dilación que potencia sus efectos. 

   

 

    "El ruido que hace una carta cuando la deslizan por debajo de la puerta es algo único", dice la actriz Claudia Lapacó, que mantiene viva su costumbre de cartearse con sus amigos en México, España y Canadá. "Tomarla y ver la letra manuscrita en el sobre es algo que siempre me ha conmovido."
    Escribir una carta es para ella una ceremonia a la que se entrega cada vez que "un recuerdo, una mañana de sol o una tarde de lluvia" le disparan las ganas de contarle algo a una persona determinada. "No entiendo esas frases cortas y escuetas del e-mail que no dicen nada. A mí me gusta escribir cartas largas. Porque cuando uno se sienta frente al papel sabe dónde empieza, pero nunca dónde termina."
    Parece cierto: ¿quién no ha dicho en una carta aquello que jamás se habría animado a confesar de viva voz?
    El filósofo y escritor Santiago Kovadloff reconoce que el correo electrónico supera a la correspondencia tradicional en eso de la rapidez. "Pero la información urgente no es ni ha sido el contenido esencial de las cartas –señala–. La prueba es la existencia de los telegramas, destinados a ese fin. Por esa razón, entonces, no ha habido un reemplazo de la carta por el e-mail, sino lo que yo llamaría una claudicación o un abandono de la intimidad como objeto del tráfico epistolar. Esto empezó hace mucho, con el auge de la velocidad en desmedro de la lentitud."
    En cualquier caso, aquí los carteros ya no son lo que eran. En sus comienzos, hace 24 años, Jorge Abalos distribuía hasta mil piezas por día. "Era otra cosa. En la zona donde hacía el reparto me conocían todos. Había una relación personal. Una mujer ya mayor, que no veía bien, me pedía que abriera las cartas y le leyera las noticias del hijo que vivía en España", recuerda.
    Tras casi tres lustros trajinando calles, hoy a Abalos, de 45 años, puede vérselo trabajando puertas adentro, en la sección expedición del Correo Argentino, cuyo amplio salón, dicho sea de paso, presenta un aspecto desolador: está casi vacío.
    Ahora Abalos no se moja los días de lluvia, pero extraña sus tiempos de cartero, cuando era recibido como un amigo que llega con algo que siempre se espera: las noticias —y las señales— de aquellos que viven lejos.

 

Fuente: La Nación Line. 30/10/05. Fotos ©Corbis.

 

 

Esta entrada fue publicada en Informática_Internet. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s